Nunca pensó que se encontraría en esa situación: un hijo no deseado. Se sentía culpable, avergonzada. Pensaba en cómo recibiría la noticia su pololo, sus padres; qué dirían sus amigas, sus compañeros de trabajo; si debería casarse y cómo sería su vida con un hijo. Pero también pensaba en no tenerlo. Muchas veces había conversado sobre el aborto, pero era muy distinto a pensar en abortar. Se preguntaba si en verdad tenía derecho a decidir sobre su cuerpo. Muchas ideas pasaban por su mente. Sin saberlo, anhelaba una decisión que trajera paz a su corazón. Cuando se dio cuenta de lo que anhelaba, pensó en Dios, y en su ley, y supo lo que debía hacer. Su corazón tuvo paz.