No podía con su hijo. A diario discutían. No lograba que la respetara. Se sentía cansada y sola. Sus quejas eran “estoy agotada”, “no puedo”, “nadie me enseñó a ser madre”, “qué puedo hacer”. Su esposo se sentía impotente. Llegar a casa se había convertido en un infierno. Esperaba encontrar descanso de su arduo trabajo, pero se encontraba con las quejas de su esposa y un hijo ensimismado en el computador y encerrado en su pieza. Un día decidieron dejar de criticarse y conversar para ver una salida. Después de escucharse y llorar, concluyeron que se habían olvidado de Dios.
“Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres.”
(Deuteronomio 6: 1 -3).